EL CANON DEL N.T. 4/4
CANON BIBLICO
La formación del canon del NT Capítulo 2. Artículo 3°/Soto Galvez.
OBJETIVOS
A. Conocer la historia detallada del canon del Nuevo Testamento y su relación con las Sagradas Escrituras.
TEMÁTICAS DE ÉSTE ARTÍCULO
A.- El canon del N.T. Historia.
Empezamos
A continuación daré un breve resumen acerca de éste artículo.
El canon del Nuevo Testamento es el conjunto exclusivo de libros escritos por los Apóstoles de Jesucristo y sus colaboradores inmediatos, que las iglesias cristianas han reconocido históricamente como poseedores de una autoridad suprema en cuestiones de doctrina y práctica, proveniente del hecho de haber sido inspirados por Dios de manera singular.
Si bien el canon quedó de hecho completo en el momento mismo en que se terminó de escribir el último libro que lo compone, el reconocimiento definitivo del canon por parte de la Iglesia universal fue un proceso que requirió varios siglos.
El reconocimiento y la delimitación del canon del Nuevo Testamento no fue el resultado de la decisión de una autoridad única ni de una decisión conciliar. Algunos factores que influyeron en la delimitación cada vez más precisa del canon fueron la desaparición de los Apóstoles, la correspondencia hallada entre la doctrina recibida oralmente y el contenido de los libros que serían canónicos, el surgimiento de herejías que pretendían quitar o agregar libros, y las persecuciones en las cuales se pretendía obligar a los cristianos a entregar sus libros sagrados.
Ya a principios del siglo II se admitió en forma general la autoridad de los cuatro Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, así como de las cartas del Apóstol Pablo a las iglesias. Antes de terminar dicho siglo, los Hechos, las cartas de Pablo a Timoteo, Tito y Filemón y las cartas primeras de Pedro y Juan formaban parte de la colección.
Las epístolas 2 y 3 Juan, Judas, Santiago y 2 Pedro demoraron más en ser reconocidas generalmente, en parte por su brevedad y en parte por su circulación limitada geográficamente. La epístola a los Hebreos halló cierta resistencia, en tanto que Apocalipsis era generalmente admitido por los occidentales pero -en parte por la amenaza del montanismo- era visto con recelo en el Oriente. En cambio, ciertos libros que no forman parte del canon -como la carta de Clemente a los corintios, la Didaje y El Pastor- eran considerados de autoridad apostólica en algunas regiones.
(Montanismo, Doctrina herética predicada por Montano en el siglo II, que negaba el reingreso en la Iglesia a los que pecaban mortalmente, rechazaba las segundas nupcias y exageraba los ayunos.)
Desde mediados del siglo II comienza a formarse un amplio y heterogéneo cuerpo de literatura hoy conocido como los libros “apócrifos del Nuevo Testamento”. Si bien la mayoría de ellos afirmaba tener autoridad apostólica, por su propia naturaleza, origen sectario y contenido fantasioso o herético, nunca fueron candidatos serios para su inclusión entre las Escrituras de la antigua Iglesia universal.
Si bien durante el siglo III no hubo grandes avances, se advierte un avance hacia un consenso general, especialmente debido a la influencia del gran biblista Orígenes. En el siglo IV (4), el obispo Atanasio de Alejandría proporciona la primera lista conocida conteniendo exclusivamente los 27 libros de nuestro Nuevo Testamento. Este canon fue adoptado y ratificado más tarde por Jerónimo y Agustín, por concilios regionales y diversas sedes episcopales.
(Eusebio Jerónimo, Padre y doctor de la Iglesia especialmente recordado como autor de la Vulgata, una célebre traducción al latín de las Sagradas Escrituras destinada a tener una amplísima difusión más allá incluso de la Edad Media. San Agustín de Hipona, fue un escritor, teólogo y filósofo cristiano. Una de las máximas figuras de la historia del pensamiento cristiano. Se le recordará por la leyenda de el y el niño en la playa.)
En Occidente la cuestión del canon se replanteó en el siglo XVI (16), en la época previa y posterior a la Reforma protestante. Sin embargo, a pesar de algunas vacilaciones de Martín Lutero, los reformadores admitieron el canon histórico y, en el Concilio de Trento, los católicos hicieron lo mismo.
Recordemos y tomemos nota de lo que se presento en el primer artículo de estos 4 estudios sobre el Canon.
El vocablo griego kanon significa “vara” o “caña”, y por extensión regla o instrumento de medida. En sentido figurado, “norma”, “modelo” o “principio”. Aplicado a las Sagradas Escrituras, se refiere a su carácter de “regla de la fe”. Las Escrituras canónicas son aquéllas reconocidas como inspiradas por Dios y por tanto normativas para los cristianos. El canon de la Biblia es el conjunto de los libros reconocidos como normativos por las iglesias, poseedores de una autoridad única y vinculante para todos los cristianos.
Ridderbos observa que, al reconocer este canon, la Iglesia actuó conforme a la autoridad que Cristo mismo otorgó a sus primeros discípulos, los apóstoles, y que por su propia naturaleza singular como testigos del Señor, la tarea de ellos fue única, irreemplazable e irrepetible. Su labor cristalizó definitivamente en su forma escrita:
"Tal canon sólo puede ser permanente si es fijado escrituralmente. En los comienzos no existía diferencia alguna entre la tradición oral y la escrita (2 Tesalonicenses 2:15). La fijación del canon tiene entonces un carácter temporal y cualitativo: se limita a lo que lleva el sello del poder especial que Cristo confirió a los apóstoles pero que no se ha concretado aún en una limitación de la cantidad de escritos. Un círculo amplio debió estrecharse para que la tradición fuese preservada de excesos debido a errores y leyendas (...) la iglesia ha diferenciado desde un principio entre lo que sí y lo que no pertenecía a la tradición [apostólica] y finalmente ha optado únicamente por un canon escrito limitado.
(Herman Ridderbos, Historia de la salvación y Santa Escritura. La autoridad del Nuevo Testamento. Traducción de Juan L. van der Velde. 1973, p. 54-55;)
No obstante, como veremos, el reconocimiento del canon no fue un suceso instantáneo, producto de la decisión de una autoridad centralizada, ni tampoco de un consenso formal como el proveniente de una decisión conciliar.
1.- En Los Inicios Del Cristianismo
La Biblia cristiana consta de dos grandes partes, llamadas Antiguo Testamento y Nuevo Testamento. El conjunto de los libros que componen el Antiguo Testamento fue escrito a lo largo de varias centurias y concluidos siglos antes del tiempo de Jesús. La evidencia disponible indica que la existencia de un cuerpo de Escrituras hebreas normativas, o canon del Antiguo Testamento, era generalmente reconocida por los judíos en el tiempo de Jesús.
La Biblia que Jesucristo citó, y la de sus primeros discípulos, era precisamente lo que hoy llamamos “Antiguo Testamento”. Conviene insistir en que tanto Jesús y sus discípulos, como sus interlocutores hebreos, tenían una clara noción de cuáles eran los libros tenidos por Escritura sagrada, sin necesidad de pronunciamientos oficiales sobre la extensión del canon del Antiguo Testamento. No obstante, para los cristianos el texto del Antiguo Testamento resultaba intrínsecamente incompleto sin su culminación en la revelación de Dios en Cristo, su vida, obra y resurrección.
La enseñanza de Jesús fue, hasta donde sabemos, exclusivamente por vía de la palabra hablada y el ejemplo. Durante 15 ó 20 años después de la muerte y resurrección de Jesucristo, sus discípulos predicaron el evangelio de la misma forma. Diversas circunstancias llevaron a los apóstoles y algunos de sus colaboradores a poner por escrito las enseñanzas del maestro.
Primero, la amplia región cubierta por Pablo durante sus viajes misioneros hizo que debiera comunicarse por escrito con algunas de las congregaciones que tenían problemas o planteaban dudas. Los primeros libros del Nuevo Testamento en escribirse fueron probablemente las epístolas a los gálatas y la primera a los tesalonicenses. Otras epístolas, como las dirigidas por Pablo a los romanos y a los efesios, fueron motivadas por el deseo de exponer con claridad las creencias y prácticas cristianas.
Segundo, la necesidad de proveer registros de los hechos y dichos de Jesús llevó a la composición de los Evangelios, comenzando por el de Marcos, cuyo contenido se vincula tradicionalmente con la enseñanza oral del Apóstol Pedro.
2.- Nuestro Nuevo Testamento
En la Tabla que enseñaré se presenta una lista de libros del Nuevo Testamento, según su género literario y en el orden que aparecen en las Biblias modernas. Nótese que los Hechos y el Apocalipsis son únicos en su género.
Los más antiguos documentos del Nuevo Testamento son al parecer las cartas de Pablo, a los gálatas y la primera a los tesalonicenses (aunque la epístola de Santiago puede disputar esa primacía), las cuales son datadas antes del año 50. Antes de sufrir el martirio hacia 67, Pablo continuó escribiendo cartas: la segunda a los Tesalonicenses, las cartas a los Corintios, Romanos, Filipenses, Efesios, Colosenses; y cuatro cartas llamadas Pastorales, a cristianos individuales, a saber, dos a Timoteo, una a Tito y otra a Filemón.
El Evangelio de Marcos fue escrito hacia 65, unas tres décadas después de la ascensión de Cristo. A este libro le siguieron los Evangelios de Mateo y Lucas, que contienen casi todo el material presente en Marcos, más otros de una posible fuente tradicional compartida, quizás escrita, que no se ha conservado.
Además, tanto Mateo como Lucas aportaron dichos y hechos que no aparecen en Marcos ni en la presunta fuente común. Es probable que Mateo y Lucas se hayan completado antes del año 67.
En realidad, Lucas escribió una obra en dos partes: la primera es el Evangelio y la segunda el libro de los Hechos de los Apóstoles, que finaliza con Pablo predicando en Roma, y no menciona la muerte de este Apóstol ni la de Pedro, ocurrida en el tiempo de Nerón.
Otros escritos del Nuevo Testamento, como las epístolas de Pedro y la carta a los Hebreos, probablemente datan de la misma época. El Evangelio de Juan, las cartas atribuidas a este apóstol y el Apocalipsis se habrían escrito hacia fines del mismo siglo I.
En resumen, todo el Nuevo Testamento se escribió en un intervalo de aproximadamente cinco décadas, cuando todavía existían testigos presenciales de los dichos y hechos de Jesús de Nazareth. Quienes suponen que el intervalo transcurrido entre el tiempo de Jesús y la redacción del Nuevo Testamento fue excesivo y llevó a una falta de fidelidad histórica en estas epístolas y relatos pasan por alto dos hechos importantes.
En primer lugar, que durante todo ese período, la memoria de los dichos y hechos del Señor se conservó viva en las congregaciones cristianas en todo el imperio, donde habían sido propagadas por los Apóstoles y sus discípulos, y atesoradas por los creyentes.
En segundo lugar, que las pocas décadas transcurridas entre el ministerio terrenal de Jesús y la redacción de los libros del Nuevo Testamento es un intervalo muy breve, históricamente hablando Por ejemplo, incluso si hoy no se tuvieran registros escritos o electrónicos de lo acontecido sobre el golpe militar que hubo en la Argentina en 1976, los principales hechos podrían reconstruirse muy aproximadamente a partir de testigos presenciales. Esta ilustración no excluye que, como cristianos, creamos también que los autores humanos del Nuevo Testamento fueron guiados por el Espíritu Santo tal como Jesús mismo lo prometió.
3.- Testimonios de Pablo y Pedro
La certeza sobre la naturaleza inspirada y, por tanto, la autoridad divina de los escritos de los apóstoles y sus discípulos -a la par de aquéllas del Antiguo Testamento- aparece ya en libros que habrían de formar parte del canon del Nuevo Testamento. En 1 Timoteo 5:18 leemos:
"Porque la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla. Y: Digno es el obrero de su salario."
La primera parte de esta cita compuesta proviene de Deuteronomio 25:4, pero la segunda son las palabras exactas del Señor tal como aparecen en el Evangelio de Lucas 10:7. Esto indica que el tercer Evangelio ya era considerado Escritura al escribirse 1 Timoteo.
Similarmente, en la segunda epístola de Pedro, las cartas de Pablo figuran prominentemente entre las Escrituras que los falsos maestros pretendían tergiversar:
"Y considerad la paciencia de nuestro Señor como salvación; como también nuestro amado hermano Pablo os escribió, según la sabiduría que le fue dada, como también habla de esto en todas sus epístolas, en las cuales hay algunas cosas difíciles de entender, las cuales tuercen los indoctos e inconstantes (como también las otras Escrituras), para su propia perdición" (2 Pedro 3:15-16).
Es claro que estas referencias no constituyen evidencia de un canon en el sentido de una lista cerrada de libros con autoridad divina. No obstante, sugieren fuertemente que los escritos de los Apóstoles y sus colaboradores inmediatos fueron considerados tempranamente a la par con las Escrituras del Antiguo Testamento. La misma noción se infiere de las obras de los denominados “Padres Apostólicos”, que a continuación revisaremos.
4.- Los Padres Apostólicos
Con este nombre se conoce hoy a los autores cristianos de fines del siglo I y principios del siguiente, que representan el testimonio escrito más antiguo luego del propio Nuevo Testamento. Entre ellos se incluyen Clemente de Roma, Ignacio de Antioquia, Papías de Hierápolis, Policarpo de Esmirna, y los autores de la Didajé y la Epístola de Bernabé. Sobre el conjunto de autores de esta era, en realidad post-apostólica, leamos Wescott:
Los sucesores inmediatos de los Apóstoles no percibieron (...) que las memorias del Señor, y los escritos dispersos de Sus primeros discípulos, formarían una segura y suficiente fuente o prueba de doctrina cuando la tradición de entonces se hubiese tornado poco definida o corrupta (...) Pero aun así, ellos ciertamente tuvieron un sentido indistinto de que su propia obra era esencialmente diferente de aquella de sus predecesores (...) Ya comenzaron a separar a los Apóstoles de los escritores de su propio tiempo, como poseedores de un poder originador (...) Este hecho es de lo más significativo, pues muestra en qué manera la formación de un Nuevo Testamento fue un acto intuitivo del cuerpo cristiano, no derivado de razonamiento alguno, sino realizado en su crecimiento natural, como uno de los primeros resultados de su autoconciencia. (Brooke Foss Wescott, The Bible in the Church. 3rd Ed. 1870, p. 87-88,).
En la Didajé o “Doctrina de los Doce Apóstoles”, tal vez el más antiguo tratado cristiano de instrucción moral y litúrgica, aparecen dos citas explícitas del Evangelio de Mateo, y posibles alusiones al Evangelio de Juan. No hay citas ni referencias claras a las epístolas de Pablo. El autor se basa en gran medida en la tradición oral, lo cual es comprensible en un tiempo cuando, según la evidencia interna, todavía existían apóstoles y profetas itinerantes.
Clemente de Roma: fue un obispo que hacia 96 escribió una extensa carta a la Iglesia de Corinto, a raíz de algunos disturbios que allí se habían producido. Del texto se infiere que Clemente consideraba Escritura al Antiguo Testamento. Pone las palabras de Jesús en un nivel de autoridad no inferior al de los profetas, aunque no las cita como Escritura. También conoce, cita y alude a las epístolas de Pablo, en particular Romanos, Gálatas, Efesios y Filipenses, como dotadas de autoridad, aunque de nuevo, sin llamarlas Escritura. Otro tanto ocurre con Hebreos, epístola que influyó mucho en Clemente (ver especialmente 36:2-5; cf. Hebreos 1:1-3). Un sermón destinado a inculcar la santidad de vida es conocido como la Segunda epístola de Clemente pero no pertenece al obispo romano y es datada a mediados del segundo siglo. Muestra conocer los Evangelios de Mateo y Lucas, 1 Corintios y Efesios, pero su uso libre de estos junto con palabras de Jesús que no aparecen en los Evangelios sugiere la ausencia de una clara noción de canonicidad.
Ignacio de Antioquia fue un obispo que hizo un largo viaje hacia Roma, donde murió como mártir bajo Trajano, hacia 110. Durante su travesía, escribió en Esmirna cuatro cartas y otras tres en Troas. En sólo tres ocasiones escribió Ignacio “Está escrito”, y en todas ellas se refiere al Antiguo Testamento. Con respecto al Nuevo Testamento, conoció el evangelio de Mateo y probablemente el de Juan, además de varias epístolas de Pablo.
En su carta a los cristianos de Esmirna se refiere a herejes que no han sido persuadidos ni por las profecías, ni por la ley de Moisés, ni por el evangelio” (5:1), aunque no queda claro si por “evangelio” se refiere a uno o más de los escritos canónicos que llevan tal nombre. De todos modos, Ignacio exhorta a los cristianos de Magnesia a poner “todo empeño en afianzaros en los decretos del Señor y de los Apóstoles” (Magnesios XIII:1).
(Trajano, fue un emperador romano desde el año 98 hasta su muerte en 177)
(Esmirna, ciudad del Asia Menor (Turquía) en la cual se encontraba una iglesia)
En otra carta, dice que no se estima a sí mismo tanto que pretenda darles “mandatos como si fuera un apóstol” (Tralianos III:3). Meztger presenta el siguiente resumen sobre la posición de este obispo de Antioquía:
La autoridad primaria para Ignacio era la predicación apostólica sobre la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, aunque no hacía mayor diferencia para él si aquélla era oral o escrita. Ciertamente conoció una colección de las epístolas de Pablo, incluyendo (en el orden de frecuencia de su empleo de ellas) 1 Corintios, Efesios, Romanos, Gálatas, Filipenses, Colsenses y 1 Tesalonicenses. Es probable que conociera los Evangelios según Mateo y Juan, y quizá también Lucas. No hay evidencia de que él considerase ninguno de estos Evangelios o Epístolas como “Escritura”. (Bruce M. Metzger, The Canon of the New Testament. Oxford: Clarendon Press, 1987, p. 49).
(Carta a los Tralianos, es una carta que escribio Ignacio de Antioquia a la comunidad de Tralia)
La Epístola de Bernabé es un tratado de autor y lugar de composición desconocidos (probablemente escrito hacia 130), destinado a mostrar cómo el plan de salvación establecido en el Antiguo Testamento se cumple en Cristo. Emplea una interpretación fuertemente alegórica con un tono singularmente antijudío. Su autor reproduce unos pocos textos que aparecen en el Evangelio de Mateo, entre ellos Mateo 22:14, al cual antepone la fórmula “está escrito” (Epístola de Bernabé IV:14).
los escritos de Papías, obispo de Hierápolis en Asia Menor (ca. 60-130), se han perdido excepto por fragmentos conservados por Ireneo de Lyon y Eusebio de Cesarea. Papías amaba la tradición oral y escribió un extenso tratado con el título Exposición de las sentencias del Señor. En los fragmentos conservados hay una defensa de la autoridad de los Evangelios de Mateo y Marcos, aunque sin ninguna idea clara de canonicidad.
(Papías, fue uno de los Padres Apostólicos de la Iglesia. Fue contemporáneo de Policarpo, Justino Mártir y Marción, y probablemente discípulo del apóstol Juan.)
(Ireneo de Lyon, fue obispo de la ciudad de Lyon desde 189. Uno de los apologistas más importantes de la historia de la iglesia. Su obra se concentró en confrontar al gnosticismo.)
(Eusebio de Cesarea, fue obispo de Cesarea, exégeta y asimismo conocido como el padre de la historia de la Iglesia porque sus escritos están entre los primeros relatos de la historia del cristianismo primitivo.)
Policarpo de Esmirna, obispo y mártir (ca. 69-155), fue discípulo del Apóstol Juan. Policarpo fue el destinatario de una de las cartas de Ignacio y él mismo escribió a los cristianos filipenses una epístola que se ha conservado, cuya fecha aproximada (entre 107 y 108) es cercana al martirio de Ignacio.
La carta de Policarpo está llena de alusiones bíblicas, de las cuales aproximadamente 90% proceden del Nuevo Testamento (Mateo, Lucas, la mayoría de las epístolas paulinas, Hebreos, 1 Juan y 1 Pedro.) Aunque Policarpo no los llama “Escritura” y sólo emplea la fórmula “está escrito” con referencia a Efesios 4:26, es evidente la autoridad e incluso superioridad que estas obras tienen para él. En un pasaje establece una especie de cadena de mando o jerarquía de autoridad, con Cristo a la cabeza, luego los Apóstoles “que nos predicaron el Evangelio” y finalmente los profetas del Antiguo Testamento “que, de antemano, pregonaron la venida de nuestro Señor”
Al igual que su amigo y colega Ignacio antes que él, Policarpo establece una clara diferencia entre la autoridad de su propia enseñanza y la del Apóstol Pablo:
Todo esto, hermanos, que os escribo sobre la justicia, no lo hago por propio impulso, sino porque vosotros antes me incitasteis a ello. Porque ni yo ni otro alguno semejante a mí puede competir con la sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo, quien, morando entre vosotros, a presencia de los hombres de entonces, enseñó puntual y firmemente la palabra de la verdad; y ausente luego, os escribió cartas, con cuya lectura, si sabéis ahondar en ellas, podréis edificaros en orden a la fe que os ha sido dada. Esa fe es madre de todos nosotros, a condición que la acompañe la esperanza y la preceda la caridad...
(Carta de Policarpo a los filipenses, III:1-3. Traducción de Daniel Ruiz Bueno, Padres Apostólicos. Edición bilingüe completa, 4ª Edición. 1979, p. 663;).
En resumen, en los Padres Apostólicos se destaca con claridad la autoridad de las enseñanzas del Señor y los Apóstoles, y algunos de estos autores emplean las nuevas Escrituras cristianas, pero todavía no aparece de manera definida la noción de un canon como cuerpo exclusivo de escritos inspirados. Como observa Bruce:
Estas citas no alcanzan como evidencia de un canon del Nuevo Testamento; ellas sí muestran que la autoridad del Señor y sus apóstoles era reconocida como no inferior a aquella de la ley y los profetas. La autoridad precede a la canonicidad; si no se les hubiese atribuido suprema autoridad a las palabras del Señor y sus apóstoles, el registro escrito de sus palabras nunca hubiera sido canonizado. Se ha sugerido a veces que el reemplazo de la tradición oral en la iglesia por una colección escritas ha de lamentarse en ciertas maneras (...) Pero, en una sociedad como el mundo grecorromano, donde la escritura era el medio normal de preservar y transmitir material considerado digno de recordarse, la idea de confiar en la tradición oral para el registro de las obras y palabras de Jesús y los apóstoles no hubiese sido generalmente recomendable (sin importar lo que pudiesen pensar Papías y algunos otros).
(F. F. Bruce, The Canon of Scripture. Downers Grove: InterVarsity Press, 1988, p. 123).
5.- Progreso hacia la determinación del canon en el siglo II
¿Qué hicieron las congregaciones cristianas con las nuevas Escrituras, invalorables para ellas, cuyos autores ellas conocían bien?
Con toda probabilidad conservarlos celosamente y compartirlos unas con otras.
Es probable que en la primera mitad del segundo siglo ya circularan los 4 Evangelios por una parte, y las cartas de Pablo a las iglesias por otra, como colección. Poco después comenzaron a circularon juntas ambas colecciones. En una etapa posterior, los Hechos y algunas de las cartas llamadas católicas por no estar dirigidas a ninguna congregación o individuo en particular, formaron una tercera división.
Un factor que probablemente influyó en la formación de colecciones fue la transición del empleo de rollos al códice, precursor del libro moderno. El formato de rollo limitaba la extensión del escrito que podía copiarse en él. Por ejemplo, por su extensión, el Evangelio de Lucas y su continuación, los Hechos de los Apóstoles, requerirían cada uno un rollo. En cambio, un códice formado por páginas de papiro o pergamino individuales cosidas, permitía incluir volúmenes manuscritos mucho mayores, incluso toda la Biblia. Adicionalmente, el formato de códice contribuyó a establecer el orden tradicional de los libros.
También durante el siglo II, la mayoría de las Iglesias admitieron Hechos, 1 Pedro y 1 Juan como parte de las Escrituras. No obstante, algunos escritos del Nuevo Testamento no eran universalmente aceptados aún; concretamente las cartas más breves de Juan (2 y 3 Jn), Santiago, Judas y 2 Pedro. Los occidentales admitían el Apocalipsis pero muchos orientales no. Con Hebreos ocurría al revés: los orientales la aceptaban pero no los occidentales. Por su parte, las cartas pastorales (1 y 2 Timoteo, Tito) tampoco eran universalmente admitidas, y puede que no fueran conocidas en algunas iglesias.
El reconocimiento del canon del Nuevo Testamento no fue un acontecimiento, sino un proceso, no exento de prueba y error. Algunos libros como El Pastor, de Hermas, la Epístola de (Pseudo) Bernabé, la Didajé, la primera carta de Clemente a los corintios y el Apocalipsis de Pedro son algunas de las obras que eran estimadas por algunos como dignas de ser contadas entre las Escrituras. En contraste, como antes se dijo, algunos libros que componen el Nuevo Testamento todavía no habían sido aceptados universalmente. Por otra parte, también se generó, a partir de mediados del segundo siglo, un caudal de escritos de grupos cristianos marginales, que nunca fueron competidores serios para ser incluidos en el canon de la Iglesia universal (véase el Apéndice: Apócrifos del Nuevo Testamento).
5.1- Los apologistas griegos
En el siglo II, varios autores, conocidos como apologistas, redactaron obras que defendieron el cristianismo contra las injustas acusaciones de los paganos. El de mayor interés con respecto al canon es Justino Mártir (ca. 100-165). De origen palestino, se convirtió al cristianismo hacia 130. Enseñó primero en Éfeso y luego en Roma. Escribió una primera Apología dirigida al emperador Antonio Pío hacia 150, el Diálogo con Trifón el judío poco después, y más tarde una segunda Apología dirigida al senado romano. Además de su extenso uso del Antiguo Testamento en el Diálogo, destinado a mostrar que Cristo y su iglesia son el cumplimiento de las profecías de Israel, Justino menciona los “Recuerdos de los apóstoles” o simplemente “los Recuerdos” (tois genomenois). Hablando de la Eucaristía dice:
Y es así que los Apóstoles en los Recuerdos, por ellos escritos, que se llaman Evangelios, nos transmitieron que así les fue a ellos mandado, cuando Jesús, tomando el pan y dando gracias, dijo: Haced esto en memoria mía, éste es mi cuerpo. E igualmente, tomando el cáliz y dando gracias, dijo: Esta es mi sangre, y que sólo a ellos dio parte. (Justino Mártir, I Apología 66:3. Traducción de Daniel Ruiz Bueno, Padres Apologetas Griegos (s. II). 2ª Ed. 1979, p. 257;).
Justino cita sobre todo los Evangelios, con mayor frecuencia el de Mateo, luego el de Lucas; existen algunas citas de Juan, y obviamente consideraba que el Apocalipsis era un libro profético dotado de autoridad apostólica. Hay algunas alusiones a las cartas de Pablo, pero casi ninguna cita. Una excepción son las palabras “Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (I Apología 19:6; cf. 1 Corintios 15:53).
El discípulo de Justino, Taciano el Sirio, dio testimonio de la autoridad de los cuatro Evangelios canónicos al componer el Diatessaron, término musical que significa “armonía de cuatro”. El Diatessaron compila con gran ingenio los relatos de los cuatro Evangelios canónicos, siguiendo básicamente el marco de referencia del Evangelio de Juan. Prácticamente no contiene otro material, excepto unos pocos textos provenientes del apócrifo conocido como Evangelio de los Hebreos. En Siria, el uso eclesiástico del Diatessaron fue tan amplio e importante, que en el siglo III hubo resistencia a reemplazarlo por los cuatro Evangelios individuales, según lo establecido por las demás iglesias.
5.2- El desafío de las herejías
Un factor que influyó en el establecimiento del canon fue la aparición de herejías que pretendían redefinir la fe cristiana. Dos de las más influyentes hacia la mitad del siglo II fueron lideradas por Marción y Valentín.
Marción era originario de Asia Menor, nacido hacia el año 100 de padres cristianos. Emigró a Roma y allí propagó sus ideas en una obra llamada Antítesis, que pretendía establecer una incompatibilidad total entre la Ley y el Evangelio. Marción rechazó todo el Antiguo Testamento, reteniendo de las nuevas Escrituras lo que llamaba Evangelio y Apóstol, que correspondía solamente al Evangelio de Lucas y las Cartas de Pablo, con excepción de las pastorales. Además, extrajo de los escritos de Lucas y Pablo todo cuanto pudiera considerarse favorable al Antiguo Testamento.
Valentín llegó a Roma hacia 135, procedente de Alejandría, e inicialmente estuvo en plena comunión con la Iglesia romana. No obstante, desarrolló una doctrina gnóstica incompatible con la fe apostólica. A diferencia de Marción, Valentín no rechazó el Antiguo Testamento ni los escritos apostólicos, sino que los reinterpretó radicalmente mediante una exégesis alegórica. Su obra más importante, accesible (en copto) a partir del descubrimiento de la biblioteca gnóstica de Nag Hammadi en 1945, es El evangelio de la verdad. El libro es una especie de meditación sobre la naturaleza del evangelio, desde una perspectiva inequívocamente gnóstica, que hace uso de escritos neotestamentarios. Bruce observa que “el tratado alude a Mateo y Lucas (posiblemente con Hechos), el evangelio y la primera carta de Juan, las cartas paulinas (excepto las pastorales), Hebreos y Apocalipsis, y (...) los cita en términos que presuponen que tienen autoridad.”
La iglesia antigua reconoció de inmediato los emprendimientos de Valentín y Marción como las innovaciones que eran, el primero principalmente por sus doctrinas ajenas a las creencias y prácticas básicas de las iglesias apostólicas y el segundo por su intento radical de fijar un canon en extremo restringido.
5.3.- La Iglesia responde a los herejes
La respuesta de la iglesia católica antigua a la herejía marcionita fue reafirmar la autoridad del Antiguo Testamento, los cuatro Evangelios, las epístolas pastorales de Pablo, epístolas atribuidas a otros apóstoles, denominadas católicas, y del libro de los Hechos.
Un texto que ejemplifica la referida respuesta es el denominado Canon de Muratori, una lista “en bárbaro latín” con comentarios sobre los libros aceptados y rechazados, que fue publicada por Ludovico Antonio Muratori en 1740. El original dataría de la década entre 160 y 170. Según Bruce, este documento debe considerarse “una lista de libros del Nuevo Testamento reconocidos como poseedores de autoridad en la Iglesia de Roma de aquel tiempo”.
El fragmento que se ha conservado comienza con una frase referida al Evangelio de Marcos, luego de lo cual habla de Lucas como el tercer Evangelio, y de Juan como el cuarto (seguramente Mateo era el primero). A continuación reconoce los Hechos “de todos los apóstoles”, las diez cartas de Pablo a las iglesias, y las Pastorales. Menciona también las cartas de Judas y dos de Juan más el Apocalipsis. En cambio, rechaza El Pastor de Hermas, pues fue “escrito en Roma muy recientemente”, y supuestas cartas de Pablo a los laodicenses y alejandrinos. Aunque dice que la Iglesia recibe el apócrifo Apocalipsis de Pedro, añade que algunos no admiten que éste “sea leído en la iglesia”. En resumen, el Canon de Muratori menciona la mayor parte de los 27 libros de nuestro Nuevo Testamento; faltan las dos cartas de Pedro, Santiago, una carta de Juan (¿la tercera?) y Hebreos.
Debiera observarse que el tono de todo el tratado no es tanto el de una legislación, sino el de una declaración explicativa concerniente a un estado de cosas más o menos establecido, con sólo una única instancia de diferencia de opinión entre los miembros de la iglesia católica (a saber, el uso que había de hacerse del Apocalipsis de Pedro). La validez exclusiva de los cuatro Evangelios (...) es perfectamente clara. (Bruce M. Metzger, The Canon of the New Testament. Its origin, development, and significance. 1987, p. 200).
Aunque no existe una lista de libros canónicos en las obras del prolífico Hipólito de Roma (ca. 170-236) que han llegado a nosotros, de sus escritos conservados se desprende que admitía un canon esencialmente similar al de Muratori. Está compuesto por los cuatro Evangelios, Hechos, las trece epístolas de Pablo, 1 Pedro, 1 y 2 Juan, y Apocalipsis, cuya autoría por el Apóstol Juan defendió Hipólito en un tratado contra un tal Gayo. Su descripción de la Escritura como constando tres partes, los Profetas, el Señor y los Apóstoles, muestra que ponía a los escritos del Nuevo Testamento a la par con los del Antiguo, y permite inferir que tenía en mente un cuerpo definido de libros.
(Hipólito de Roma u obispo Hipólito fue un escritor de la Iglesia cristiana primitiva.)
(El fragmento muratoriano, o fragmento de Muratori, también llamado canon muratoriano es la lista más antigua conocida de libros considerados canónicos del Nuevo Testamento. En la lista figuran los nombres de los libros que el autor consideraba admisibles, con algunos comentarios.)
Originario de Asia Menor y discípulo de Policarpo, Ireneo (ca. 130-200), obispo de Lyon en las Galias, fue un importante vínculo en la unidad de pensamiento y acción entre las iglesias de Oriente y Occidente, en particular en la refutación de las herejías. Su obra en cinco libros Exposición y refutación de la falsamente llamada gnosis, más conocida por su nombre latino Adversus omnes Haereses, presentaba por primera vez una filosofía cristiana de la historia y constituyó a Ireneo en “el principal vocero de la respuesta católica al gnosticismo y otras desviaciones del siglo II” (Bruce). Los gnósticos pretendían ser los auténticos preservadores de las enseñanzas de Jesús, las cuales habrían sido transmitidas secretamente a discípulos considerados dignos. En contra de esta concepción esotérica del cristianismo, Ireneo sostuvo que la auténtica tradición apostólica se hallaba viva y manifiesta en todas las iglesias fundadas por los apóstoles, en las cuales existía una sucesión ininterrumpida de obispos.
En la respuesta de Ireneo, la apelación a las Escrituras, conservadas en las iglesias apostólicas, tiene un papel fundamental. Es claro que considera cerrado el canon de los Evangelios, pues para la Iglesia universal existen sólo cuatro Evangelios o, en sus propias palabras, un solo Evangelio en cuatro formas (to euangelion tetramorfon). Decía Ireneo:
Los Evangelios no pueden ser ni menos ni más de cuatro; porque son cuatro las regiones del mundo en que habitamos, y cuatro los principales vientos de la tierra, y la Iglesia ha sido diseminada sobre toda la tierra; y columna y fundamento de la Iglesia [1 Timoteo 3:15] son el Evangelio y el Espíritu de vida; por ello cuatro son las columnas en las cuales se funda lo incorruptible y dan vida a los hombres. Porque, como el artista de todas las cosas es el Verbo, que se sienta sobre los querubines [Sal 80 (79):2] y contiene en sí todas las cosas [Sab 1,7], nos ha dado a nosotros un Evangelio en cuatro formas, compenetrado de un solo Espíritu. Como dice David, rogándole que venga: «Muéstrate tú, que te sientas sobre los querubines» [Sal 80 (79):2]. Los querubines, en efecto, se han manifestado bajo cuatro aspectos que son imágenes de la actividad del Hijo de Dios [Apocalipsis 4:7]: «El primer ser viviente, dice [el escritor sagrado], se asemeja a un león», para caracterizar su actividad como dominador y rey; «el segundo es semejante a un becerro», para indicar su orientación sacerdotal y sacrificial; «el tercero tiene cara de hombre» para describir su manifestación al venir en su ser humano; «el cuarto es semejante a un águila en vuelo», signo del Espíritu que hace sobrevolar su gracia sobre la Iglesia. (Ireneo de Lyon, Adversus omnes Haereses III, 11:8;).
La argumentación de Ireneo es evidencia del reconocimiento general de los cuatro Evangelios canónicos en su tiempo. Su justificación explícita es tan débil e indirecta que sólo podría apelar a quienes ya estuviesen persuadidos, por otras razones, de que no había sino cuatro Evangelios. Por tanto, este consenso debía de estar firmemente establecido, tanto en Oriente como en Occidente, en la segunda mitad del siglo II.
Es destacable que Ireneo es el primer autor cristiano que cita más el Nuevo Testamento que el Antiguo. En Adversus omnes Haereses (un solo Evangelio en en cuatro formas) 1075 citas del NT: 626 de los Evangelios, 54 de Hechos, 280 de las cartas de Pablo (no cita Filemón), 15 citas de las epístolas católicas (no se refiere a 2 Pedro, 3 Juan y Judas pero sí a Hebreos), y 29 del Apocalipsis. Metzger dice:
A modo de sumario, en Ireneo tenemos evidencia de que para el año 180, era conocido en el sur de Francia se conocía un Nuevo Testamento (...) de aproximadamente veintidós libros (...) Aún más importante que el número de libros es el hecho de que Ireneo tenía una colección claramente definida de libros apostólicos que consideraba como iguales al Antiguo Testamento en significación. Su principio de canonicidad era doble: la apostolicidad de los escritos y el testimonio a la tradición mantenida en las iglesias. (Bruce M. Metzger, The Canon of the New Testament. 1987, p. 155-156).
Por la misma época, en el norte de África, comienza a cobrar forma la idea de un canon definido. Aunque citó libremente muchas fuentes, tanto cristianas como paganas, además de numerosas tradiciones orales, Clemente de Alejandría (ca. 150-215) consideraba Escrituras básicamente los mismos libros del Nuevo Testamento que Ireneo.
(Clemente de Alejandría, Fue uno de los teólogos y filósofos cristianos más importantes de la Escuela Catequética de Alejandría y el maestro de algunos de los pensadores más sobresalientes de su tiempo, como Orígenes (184-253) y Alejandro de Jerusalén.)
6.- Aproximación hacia un consenso en el siglo III
En el siglo III se verifica una coincidencia creciente en el sentir de diversos autores eclesiásticos. También en el norte de África, pero en territorio de habla latina, Tertuliano de Cartago (ca. 160-220), nacido de padres paganos, abogado de profesión y convertido al cristianismo hacia 195, fue el primer gran teólogo que escribió en latín. Escribió extensamente sobre muchos temas.
6.1 Tertuliano apela a argumentos legales
Una de las muchas obras de Tertuliano, en la cual puso al servicio de la fe sus conocimientos jurídicos, es La prescripción de los herejes. La prescripción era una figura jurídica mediante la cual el abogado defensor podía detener el proceso iniciado por el demandante, que debía ser presentada de antemano (pre-escribir) a la substanciación del proceso. En el caso de las disputas entre la Iglesia de Cristo y los herejes, ambas partes argumentaban a partir de la Biblia. La prescripción consiste...
Continuará...



