EL EVANGELIO ENFRENTA AL JUDAÍSMO
"A este resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos"
"Maldito por Dios es el colgado"
"El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero".
"Ellos lo mataron colgándole en un madero"
"Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas".
"Quienes ponen su confianza en la ley están bajo maldición, porque la Escritura dice: «Maldito sea el que no cumple fielmente todo lo que está escrito en el libro de la ley.»Por tanto, está claro que nadie es reconocido como justo en virtud de la ley; pues la Escritura dice: «El justo por la fe vivirá.» Pero la ley no se basa en la fe, sino que dice: «El que cumpla la ley, vivirá por ella.» Cristo nos rescató de la maldición de la ley haciéndose maldición por causa nuestra, porque la Escritura dice: «Maldito todo el que muere colgado de un madero.» Esto sucedió para que la bendición que Dios prometió a Abraham alcance también, por medio de Cristo Jesús, a los no judíos; y para que por medio de la fe recibamos todos el Espíritu que Dios ha prometido".
Es decir que Cristo, al llevar la maldición de Dios en una forma (la muerte por crucifixión), liberó a su pueblo que estaba bajo la maldición en otra forma (por no haber guardado la ley de Dios en su totalidad), y aseguró para ellos las bendiciones del Evangelio. Es bien posible que la solución de este problema haya tomado forma en la mente de Pablo, más bien temprano en el período inmediato a su conversión, al quedar la totalidad de su pensamiento reorientada alrededor de un centro completamente distinto.
Pablo usa esta "aparente" contradicción para apoyar la divinidad y obra de expiación de Jesus bajo la cruz. Haciendo referencia a que todo lo predicho y establecido en el pasado, Él ya lo había cumplido bajo la obra y la profecía que fue dada. "Consumado es" Juan 19:30
No es posible afirmar con seguridad si a los apóstoles más antiguos se les presentó una solución semejante, pero ellos deben haber encontrado alguna explicación satisfactoria a la paradoja de que los enemigos del Mesías hubiesen podido matar al Señor, "colgándole en un madero".
En un resumen bien conocido de la predicación que era común a los otros apóstoles y a él mismo, Pablo asigna el primer lugar a la afirmación que "Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras" (I Corintios 15:3).
Esta aseveración, que es parte de la tradición cristiana primitiva que Pablo declara haber "recibido", no sólo declara el hecho aceptado de que Jesús murió, sino que, al especificar que "Cristo murió", asegura que quien murió era el Ungido del Señor. Y agrega que soportó esa muerte por los pecados de su pueblo, y que al morir de esa manera cumplió las escrituras sagradas.
¿Cuáles Escrituras?
Preeminentemente, sin duda, aunque no exclusivamente, las Escrituras que describen los sufrimientos y muerte del Siervo obediente del Señor, cuando "llevó el pecado de muchos" (especialmente Isaías 52:13 al 53:12).
La predicación apostólica se vio obligada a incluir un elemento apologético, si es que iba a ser vencida la piedra de escándalo de la cruz; y la kerygma tiene que ser, en cierto grado, apología. Y la apología no fue invento de los apóstoles; todos la habían "recibido" del Señor.
Para comenzar, la cruz había sido una piedra de tropiezo para los mismos apóstoles, hasta que el Señor resucitado se les apareció y les preguntó:
Lucas 24:27
"¿No era necesario que el Cristo padeciese estas cosas, y que entrara en su gloria?"
Sí, era necesario, porque estaba escrito, "y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían".
Y Pablo, que había "recibido" este relato de la muerte de Cristo entre las cosas de "primera importancia", pudo decir más tarde a un rey judío, de acuerdo con ellas, que en su ministerio apostólico no decía "nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder: que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo y a los gentiles" (Hechos 26:22 en adelante).
III. La Incredulidad de Israel
Si Jesús era en realidad el Mesías prometido de Israel, y si su muerte estaba predicha de un modo tan claro en las Escrituras,
¿Por qué se negó la mayor parte de Israel a reconocerlo como tal?
Este fue otro aspecto del problema judío que los primeros cristianos apologistas tuvieron que afrontar, y no surgió originariamente en la era apostólica, sino que estuvo presente en el ministerio público de Jesús.
En los Evangelios Sinópticos y en el de Juan se lo descubre en forma clara.
(La denominación Evangelios Sinópticos se utiliza para hacer referencia a tres de los cuatro evangelios canónicos, en concreto los de Mateo, Marcos y Lucas, en razón de su afinidad y la conexión entre las tres visiones, consecuencia de datos e historias cruzadas que pueden aprecirse a partir de realizar una comparativa. Es en este sentido, que se utiliza el término sinóptico).
Marcos en una etapa primitiva de su relato, narra cinco encuentros de Jesús en que mantuvo controversias con los dirigentes religiosos del pueblo, en tal forma que el lector recibe la impresión de que ya desde el principio se desarrolló rápidamente un conflicto que culminó con la crucifixión (Marcos 2:1-3:69.
Jesús mismo llamó la atención al hecho de que la mayoría de sus oyentes se resistían a creer su mensaje o a reconocer las implicaciones de su propia presencia y ministerio en medio de ellos, e indicó que la historia volvía a repetirse, ya que sus antepasados también habían rehusado aceptar lo que Dios quiso decirles por medio de sus siervos los profetas.
Isaías, por ejemplo, es advertido desde el comienzo de su carrera profética que su mensaje, presentado por acciones y palabras, sería dirigido infructuosamente a ojos que no querrían ver y a oídos que no querrían oír, y así sucedió, Isaías 6:9, citado en Marcos 4:12.
Quienes escucharon en Israel profesaron lealtad a Dios, pero de labios solamente, puesto que su corazón estaba lejos de El y preferían sus propias ideas a la palabra de Dios; y similarmente, los dirigentes religiosos del tiempo de Jesús habían convertido la palabra de Dios en letra muerta, aferrándose a sus tradiciones, prefiriéndolas al mensaje libertador del reino divino. Isaías 29:13, citado en Marcos 7:6 en adelante. Salmo 118:22 citado en Marcos 12:10 en adelante.
Llama la atención la regularidad con que el Nuevo Testamento apela al libro del profeta Isaías cuando trata el problema de la incredulidad de Israel, y es evidente que Jesús hizo uso reiterado de ese libro.
El relato que Jesús ofrece de la parábola de la viña, o sea, el rechazo de la piedra del Salmo 118:22, está identificado con la piedra de tropiezo de Isaías 8:14 y contra la cual muchos tropezarían y caerían; como también con la piedra de Daniel 2:34 que fue cortada sin el auxilio de la mano y pulverizó la grandiosa estructura del dominio pagano, que fue reemplazado por el reino de Dios, Lucas 20:17.
Y el apóstol Pablo en Romanos 9:32, y el apóstol Pedro en 2:6, agregan un eslabón más a la cadena de testimonios acerca de "la piedra", y lo hacen con contextos que tratan con el problema de aquellos que tropiezan contra el evangelio de Cristo, en vez de aceptarlo por medio de la fe.
I Pedro 2:8
"Ellos tropiezan", dice Pedro, "porque desobedecen a la palabra, a lo cual fueron también destinados".
¿Destinados cómo?
Destinados por la palabra de Dios en la escrituras proféticas, y especialmente en el libro de Isaías.
IV. La Defensa de Esteban
Podemos detenernos para considerar una exposición distintiva del problema de la incredulidad de Israel: el discurso que Esteban pronunció según está narrado en el capítulo 7 del libro de Los Hechos. Este discurso es llamado, generalmente, "la apología de Esteban", pero hemos de observar qué clase de apología es, porque aunque fue pronunciado ante una corte legal y por un hombre que se jugaba la vida con su defensa, no constituyó, en realidad, una defensa jurídica. Nadie habría imaginado que los jueces hubiesen de pronunciar la sentencia de "inocente". Es, más bien, una apología en el sentido de que se trata de la defensa razonada de la posición que Esteban ha mantenido en la sinagoga en Jerusalén, y puede ser considerado como ejemplo de la apologética cristiana helenista contra las objeciones judías al Evangelio
<Helenista, en este caso, se refiere a los judíos que hablaban griego, porque según Los Hechos 6:1, había un grupo influyente de ellos en la primitiva iglesia de Jerusalén.>
(Si quieres saber que es el período Helenístico, puedes ver parcialmente lo que comente en este artículo sobre esta época: Presionando este texto en rojo, podras ver el artículo. )
Esteban, que era uno de los dirigentes del sector helenista de la iglesia de Jerusalén durante los años inmediatos a sus comienzos, estaba dotado de un discernimiento agudo y excepcional de los propósitos de Dios tocante a las implicaciones del Evangelio relacionadas con el judaísmo. El orden Antiguo y Nuevo eran incompatibles.
El Sanedrín ya había tratado infructuosamente de fijar en Jesús mismo la acusación de hablar contra el templo; pero el caso de Esteban le abrió las posibilidades de mejor éxito. Además, si podía comprobar la culpabilidad de Esteban, el Sanedrín sabía que tendría al pueblo de Jerusalén de parte suya. Porque los apóstoles habían gozado del beneplácito popular gracias a que el Sanedrín no había creído conveniente proceder con rigor contra ellos; pero si los apóstoles, y la comunidad que dirigían, podían quedar comprendidos en la acusación levantada contra Esteban, entonces sería fácil asestar un golpe rudo contra ellos. Esteban, invitado a responder la acusación, escudó su defensa apelando a la historia del Antiguo Testamento.
(El Sanedrín fue una asamblea o consejo de sabios, que de hecho era la Corte Suprema de la ley judía cuya misión era administrar justicia interpretando y aplicando la Torah, la ley sagrada. Era competente en asuntos religiosos, penales y civiles).
El templo de Jerusalén, dijo, no pertenece a la esencia misma de la religión verdadera. Dios había manifestado su presencia en tiempos antiguos, fuera de los límites de la Tierra Prometida:
1. a Abraham en Mesopotamia;
2. a José en Egipto; a Moisés en el Monte Sinaí;
3. y mucho tiempo antes de que fuera construido algún santuario para el Dios de Israel, existió todo cuanto era necesario para adorarle.
Cuando quedó construido finalmente el santuario para Dios, era un tabernáculo movible, como correspondía a un pueblo que estaba en peregrinaje, que siempre tenía que estar listo, como su antecesor Abraham, a levantar las estacas y continuar la marcha en el momento en que se le daba la orden. Fue recién en el reinado de Salomón que se edificó una casa inamovible para que "alojara la presencia de Dios en medio de Israel". Pero la desventaja de esa casa consistió en que el pueblo se sintió tentado a creer que Dios podía quedar confinado dentro de un templo hecho por manos humanas, de modo que pudieran tenerlo a su alcance cuando ellos quisieran. Fueron advertidos de esa falsa actitud, pero la admonición cayó en oídos sordos. Salomón dijo en su oración dedicatoria:
I Reyes 8:27
"He aquí que los cielos, y los cielos de los cielos, no te pueden contener. ¡Cuánto menos esta casa que yo te he edificado!"
y Dios subrayó la misma lección por medio de sus profetas cuando dijo:
Isaías 66:1
"El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies. ¿Dónde esta la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas son mías"
Pero el pueblo no prestó atención; el templo fue para ellos un talismán en el que colocaron su confianza, en vez de ponerla en el Dios viviente. En la gran proclamación que Jeremías pronunció desde la puerta del templo, instó al pueblo a que abandonara ese engaño:
Jeremías 7:4
"No fiéis en palabra de mentira, diciendo, `Este es el templo de Jehová, el templo de Jehová, el templo de Jehová".
También les advirtió que el templo de Jerusalén correría la misma suerte que había sufrido el santuario de Siloé años atrás.
Y ahora Esteban, sobre quien había caído el manto de Jeremías, puso sobre aviso a sus oyentes, exhortándoles a que no pusieran su confianza en el segundo templo como sus antepasados lo habían colocado en el primero. Jeremías no predijo expresamente la destrucción del segundo templo, pero su destrucción se puede inferir claramente de sus palabras. De cualquier manera que sea, lo que Jesús había dicho al respecto era conocido, probablemente, por los miembros del Sanedrín. Pero el llamado de Dios a su pueblo indicaba ahora que debían abandonar la seguridad que imaginaban que tenían en sus cultos tradicionales, y seguir adelante, como Abraham, a dondequiera Dios quisiera conducirlos. (No es por accidente que Lucas presenta la misión a los gentiles como la secuela inmediata del ministerio de Esteban). La gente, sin embargo, a semejanza de sus antepasados en el desierto, desearon mirar hacia atrás en vez de hacia adelante. La acusación de hablar contra Dios surgió precisamente de un pueblo cuyos antecesores se habían revelado constantemente contra El, adorando desde el becerro de oro en el desierto, hasta -en épocas posteriores- los cuerpos planetarios. Aquella generación se manifestó dispuesta a seguir con entusiasmo el ejemplo de sus antepasados, negándose a prestar atención al llamado de Dios.
Y el cargo de hablar contra Moisés procedió de un pueblo cuyos padres habían repudiado consistentemente a Moisés y matado a los profetas; de un pueblo que ya había colmado la medida de sus antepasados, al repudiar y matar al Justo que Moisés y los profetas habían dicho que vendría.
Aquí tenemos, pues, un ejemplo primitivo de la apologética cristiana helenista contra los judíos. En la generación siguiente retumbaron algunos ecos en la Epístola a los Hebreos, y volvieron a retumbar en la Epístola de Bernabé en la subsiguiente. Pero, en realidad de verdad, esos ecos pudieron escucharse hasta en los círculos hebreos-cristianos más estrictos después de la caída de Jerusalén en el año 70. Además, el hecho de que Dios permitiera que el templo fuera destruido, hizo pensar a un grupo de hebreos cristianos, que hasta entonces habían conservado veneración por ese edificio, que Dios nunca tuvo la intención de instituir el ritual de los sacrificios. Sin embargo, el pensamiento de Esteban, expresado treinta años antes que estallara la guerra de los judíos, no se vio afectado por los sucesos de esa guerra, sino por la lógica del hecho de Cristo.
V. La Restauración que Vendrá
La defensa de Esteban no contiene ninguna nota de esperanza para la nación que había rechazado la palabra de Dios dirigida por medio de los profetas en épocas anteriores y que acababa de coronar su rebeldía contra El, matando a su propio Hijo. Pero la situación no podía quedar en ese plano, porque si eso acontecía, entonces surgiría en la teodicea un problema muy grave. Entre los opositores de Esteban se encontraba en aquel momento "un joven llamado Saulo", que se mostró tan convencido como el acusado de que el orden antiguo y nuevo eran incompatibles. Pero mientras que la conclusión de Esteban era que puesto que el nuevo orden había arribado, el antiguo tenía que desaparecer, la conclusión de Saulo era que no había que poner en peligro el orden antiguo y que, por consiguiente, el orden nuevo era el que tenía que desaparecer. Sin embargo, no mucho tiempo después del juicio y muerte de Esteban, Saulo de Tarso experimentó un cambio revolucionario tal, que lo transformó del más activo y tozudo perseguidor del nuevo orden que era, en su campeón más enérgico y decidido. Para Saulo de Tarso el orden antiguo tomó la forma de una dispensación temporaria dispuesta por Dios hasta que llegara el tiempo del cumplimiento de las promesas hechas a Abraham, y a los demás patriarcas, siglos antes que se promulgara la ley. Reconoció cabalmente, como Esteban, las implicaciones trágicas que acarreó el fracaso de Israel al rechazar a la Persona en quien se habían cumplido las promesas de Dios. Pero la tragedia consistió principalmente en esto: que el pueblo de Israel podría haber tributado la bienvenida más cordial a esa Persona, dado que fue entre ellos que Dios había preparado el camino para el advenimiento del Salvador, y del modo más prominente. "Ellos son israelitas", escribió años más tarde Saulo de Tarso convertido en el apóstol Pablo, "de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas y de los cuales vino Cristo, según la carne" (Romanos 9:4 y sig.). Los patriarcas recibieron las promesas, que habían de ser cumplidas en sus descendientes; pero los descendientes de los patriarcas rechazaron el cumplimiento de las promesas cuando vino. Pero,
¿Quiso decir esto que el plan de Dios se vio frustrado? ¿Que El rechazó a su propio pueblo?
¡Lejos de ello! En primer lugar, surge del relato del Antiguo Testamento que Dios continuó siempre con el plan de escoger a algunos para la consecución de su propósito, y pasar por alto a otros. En segundo lugar, es igualmente evidente de la narración del Antiguo Testamento que Israel mostró ser "un pueblo rebelde y contradictor" (Isaías 65:2, citado en Romanos 10:21), mucho tiempo antes de la venida de Cristo. Ellos, al rechazar a Cristo, no adoptaron una actitud que no tuviera precedentes en la revelación de Dios, y era cierto, también, que a lo largo de toda la historia de Israel hubo siempre un residuo fiel y verdadero, y que del mismo modo era ahora. Pablo reunía en su propia persona la evidencia suficiente de que Dios tenía todavía reservado para sí "un remanente escogido por gracia" (Romanos 11:5). La existencia de ese remanente, ahora y antes, garantiza la realización del propósito de Dios, y por medio del remanente de Israel actual se cumple la misión divina de desparramar el conocimiento de Dios entre los gentiles, a medida que el evangelio es predicado entre las naciones.
Pero, ¿qué de la mayoría de los israelitas que no aceptaron el Mesías? ¿Podemos designarlos simplemente como "vasos de ira preparados para la destrucción" y dejar el asunto allí?
Podría ser que algunos se contentaran con hacerlo, pero Pablo no estaría entre ellos. Es cierto que su rechazo actual del evangelio no sólo está de acuerdo con la conducta observada de sus antepasados, sino es el cumplimiento de predicciones específicas del Antiguo Testamento. Su incredulidad fue predicha siglos antes por Isaías cuando dijo, "Dios les dio espíritu de estupor, ojos con que no vean y oídos con, que no oigan, hasta el día de hoy" (Isaías 29:10, citado en Romanos 11:18). Pablo comprendió muy bien su situación, porque él mismo había estado antes dominado por este "espíritu de estupor", hasta que sus ojos fueron abiertos en el camino a Damasco, y sus oídos destapados. Pero ese triste estado de cosas no habría de durar para siempre. El endurecimiento de corazón que había sobrecogido a Israel afectó solamente a una parte de la población, aunque a la más numerosa pero en forma temporaria únicamente. Dios, es su sabiduría infinita, había ordenado las cosas de tal manera, que este endurecimiento parcial y temporal de Israel, fuera la ocasión para el esparcimiento rápido de las bendiciones del evangelio entre las naciones gentiles, y en escala mundial.
La secuela que acompañará a esta bendición de los gentiles, será el adelanto de los propósitos finales de Dios tocantes a Israel. Porque Dios había dicho por boca de Moisés: "Yo también los provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo; los provocaré a ira con una nación insensata" (Deuteronomio 32:21, citado en Romanos 10:19). Y el significado total de estas palabras aparecerá cuando el Israel incrédulo, viendo el derramamiento de Dios entre los gentiles, dirá, movido a celos, "Tales bendiciones son nuestras por derecho. ¿Por qué han de gozarlas los gentiles, mientras nosotros quedamos excluidos de ellas?". Y así, sacudidos de su espíritu de estupor, verán y oirán bien y reclamarán a Cristo y el evangelio para ellos mismos. Pablo, dirigiéndose a los creyentes gentiles resume la situación de esta forma: "Pues como también vosotros erais desobedientes a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia por la desobediencia de ellos, así también éstos ahora han sido desobedientes, para que por la misericordia concedida a vosotros, ellos también alcancen misericordia. Porque Dios sujetó a todos los hombres en desobediencia, para tener misericordia de todos" (Romanos 11:30-32). Es así, pues, como Pablo, asciende a la cúspide de su gran argumento y resuelve el problema de la teodicea provocada por la incredulidad de Israel, y de un modo tal que hace justicia a todos los principios del evangelio: sola gratia, sola fide, soli Deo gloria.
Mientras tanto, la presentación de las bendiciones del evangelio a los gentiles es, en sí, un tema de las profecías del Antiguo Testamento, y de este modo iniciamos nuestro próximo estudio, o sea la defensa del evangelio en relación con el paganismo.
La defensa del evangelio ante el mundo judío de nuestro tiempo es un deber que todavía deben cumplir los cristianos; pero implica una responsabilidad mucho más delicada en el siglo veinte que lo que fue en el primero de nuestra era. Los testigos cristianos que presentaron el evangelio a los judíos de los días del Nuevo Testamento, lo hicieron con manos limpias. Los cristianos de nuestra época tienen que reconocer con humildad y arrepentimiento, que nada podría haber sido menos calculado para recomendar el evangelio a los judíos, que la actitud demostrada hacia ellos, generación tras generación, por gente que se llamaba cristiana. Hay mucha razón en lo que dijo un rabino bien conocido: "La cristiandad ha escondido de nosotros el rostro de Cristo".
El pueblo judío ha pasado en nuestros propios días por una tribulación mayor que cualquier otro pueblo de cualquier otro tiempo, a manos de un sistema que era inherentemente tan anticristiano como antijudío. Es posible que con esta consumación de la comprensión "connatural" del sufrimiento que los judíos han acumulado a través de los siglos, puedan encontrar menos dificultades en reconocer en Jesús al Siervo Sufriente quien, al llevar la aflicción de su propio pueblo, es la esperanza y la salvación de Israel.
By: Soto Galvez


